El esfuerzo mundial y nacional contra el paludismo, históricamente reconocido como una de las enfermedades infecciosas con mayor índice de letalidad a nivel global, ha llegado a un punto de inflexión decisivo en el año 2026. Por un lado, naciones como México se encuentran a un paso de certificar la erradicación total de la transmisión autóctona dentro de su territorio, respaldadas por políticas públicas rigurosas, una vigilancia epidemiológica minuciosa y un control estricto de las poblaciones de vectores. En contraparte, la comunidad internacional enfrenta una turbulencia financiera sin precedentes que amenaza con desmantelar décadas de avances sanitarios en las regiones más vulnerables del planeta, particularmente en el África subsahariana. Este panorama dual exige un análisis profundo sobre cómo los triunfos operativos a nivel local deben blindarse frente a las fluctuaciones del apoyo institucional extranjero y los crecientes desafíos medioambientales.
Avances y contención epidemiológica en territorio mexicano
El progreso territorial de México frente a esta enfermedad parasitaria ha demostrado resultados sustanciales. Durante los primeros meses de 2026, la Secretaría de Salud ha documentado una contracción del 43 por ciento en la cantidad de localidades que reportan casos activos, si se compara con el mismo lapso del año precedente. Este fenómeno es el resultado directo de la intensificación en las labores de escrutinio epidemiológico, la celeridad en los diagnósticos y las tácticas de mitigación del mosquito transmisor.
En términos clínicos, el paludismo es provocado por el parásito protozoario Plasmodium, siendo las variantes vivax y falciparum las de mayor circulación, aunque también existen cepas como malariae, ovale y knowlesi. La transmisión ocurre primariamente por la picadura de mosquitos hembra infectados del género Anopheles, aunque existen vías alternativas como la transfusión de sangre, el uso de instrumental punzocortante contaminado o la transmisión vertical de madre a feto.
De acuerdo con los reportes más recientes correspondientes a la Semana Epidemiológica 29 de 2026, la incidencia autóctona en el país se encuentra sumamente focalizada. Únicamente se han contabilizado 47 casos de origen local, todos ellos confinados al estado de Chiapas y provocados de manera exclusiva por la especie Plasmodium vivax. La demografía de los pacientes afectados muestra una prevalencia mayor en mujeres, representando el 60 por ciento de los contagios, mientras que la mediana de edad de los individuos infectados se sitúa en los 16 años. En cuanto al cuadro sintomatológico, la fiebre se manifiesta en el 98 por ciento de los diagnósticos, seguida por cefalea en un 91 por ciento, escalofríos en un 83 por ciento y episodios de diaforesis en el 40 por ciento de los afectados.
A fin de mantener esta tendencia a la baja, el Centro Nacional de Prevención y Control de Enfermedades (Cenaprece) ha desplegado operativos que incluyen el rociado residual al interior de las viviendas, la distribución de larvicidas en depósitos de agua y la nebulización en las zonas de anidación del vector. En relación con el abordaje clínico, el director de Enfermedades Transmitidas por Vectores del Cenaprece, Fabián Correa Morales, puntualizó la postura del gobierno respecto a la disponibilidad de fármacos: “Estos tratamientos se proporcionan de manera gratuita y bajo supervisión del personal de salud, con el fin de asegurar su eficacia y contribuir a interrumpir la transmisión”.
El Marco Normativo y la Ruta Hacia la Certificación Oficial
El compromiso del Estado mexicano para erradicar la enfermedad ha quedado formalmente institucionalizado. A principios de agosto de 2026, se publicó un Acuerdo en el Diario Oficial de la Federación que instaura la meta nacional orientada a la eliminación y prevención del restablecimiento del paludismo autóctono. Este ordenamiento jurídico establece las bases para que las entidades federativas obtengan la certificación pertinente por parte del Cenaprece.
Los requerimientos legales para alcanzar dicha distinción exigen que los estados demuestren una interrupción total de la transmisión local a lo largo de tres años ininterrumpidos. Además, es imperativo que las jurisdicciones posean sistemas de vigilancia con capacidad instalada óptima para ejecutar labores de detección, confirmación diagnóstica y provisión de tratamientos bajo los tiempos dictados por la estrategia operativa de Diagnóstico, Tratamiento, Investigación y Respuesta (DTI-R). A nivel administrativo, se ordena la creación de Grupos Técnicos Estatales de Paludismo (GTEP), encargados de coordinar transversalmente a los sectores médicos, de laboratorio y de promoción sanitaria.
El sustento estadístico de esta política pública es contundente: entre los años 2018 y 2025, México logró contraer la incidencia de contagios autóctonos en más de un 79 por ciento. En la actualidad, 31 entidades federativas no reportan cadenas de transmisión activa y apenas un 0.48 por ciento del total de municipios a nivel nacional alberga focos del parásito. Con estas cifras, el país se alinea con la Estrategia Técnica Mundial Contra la Malaria de la Organización Mundial de la Salud (OMS), proyectando una inminente certificación internacional.
Crisis de financiamiento internacional
Mientras México consolida sus fronteras sanitarias, el panorama mundial atraviesa una fase de alta vulnerabilidad. El paludismo sigue cobrando la vida de más de 600,000 personas anualmente, afectando predominantemente a mujeres gestantes y menores de cinco años en el continente africano. Durante el año 2024, se registraron 282 millones de contagios a nivel global, con un asombroso 70 por ciento de la carga epidemiológica concentrada en tan solo diez naciones, entre las que destacan Nigeria, República Democrática del Congo y Uganda.
El obstáculo principal en la actualidad es de carácter económico. El cese de operaciones de agencias fundamentales como USAID ha dejado un vacío presupuestal severo en la ayuda oficial al desarrollo. De los 8,500 millones de dólares requeridos cada año para contener la enfermedad globalmente, la recaudación reciente apenas alcanzó el 40 por ciento de dicha meta.
Frente a esta coyuntura, Daniel Ngamije, director de los programas de malaria y enfermedades tropicales desatendidas de la OMS, ha expresado su profunda preocupación respecto al riesgo inminente de un retroceso epidemiológico: “Si los países no pueden mantener la cobertura de las intervenciones esenciales para prevenir, diagnosticar y tratar la malaria, habrá más casos y más muertes”. El exministro ruandés fue enfático al dirigirse a los donantes y gobiernos durante su reciente intervención en Madrid: “no es el momento de reducir el apoyo a los países”.
Herramientas emergentes e innovación científica
Pese a los recortes financieros, la comunidad científica cuenta con un arsenal tecnológico sin precedentes. A los métodos clásicos de diagnóstico, que dependen de la microscopía de frotis sanguíneo para identificar la densidad y especie del parásito, se han sumado innovaciones cruciales. Hoy en día se están desplegando redes mosquiteras de nueva generación, impregnadas con doble ingrediente activo para sortear la resistencia biológica de los vectores.
En el ámbito farmacológico, aunque medicamentos históricos como la Cloroquina y la Primaquina siguen siendo la piedra angular para combatir al Plasmodium vivax, la aparición de resistencias en variantes más letales ha obligado al uso de terapias combinadas con Artemisinina. Sin embargo, el desarrollo de nuevos compuestos que no dependen de la artemisinina aumentaría las opciones terapéuticas a corto plazo.
Paralelamente, la implementación de dos vacunas aprobadas, actualmente activas en 25 países, ha demostrado una reducción del 13 por ciento en la mortalidad de infantes y una disminución del 22 por ciento en los ingresos hospitalarios asociados a la enfermedad. El riesgo radica en que, sin los fondos necesarios para distribuir estas herramientas, se corre el peligro de paralizar la investigación futura, desperdiciando más de medio siglo de esfuerzos médicos.
Las ramificaciones de la lucha contra el paludismo trascienden el ámbito estrictamente patológico, incidiendo de forma directa en el tejido socioeconómico y la estabilidad de los sistemas de salud pública. En regiones endémicas, hasta el 70 por ciento de las consultas clínicas diarias están motivadas por síndromes febriles vinculados a esta afección. Esta saturación merma drásticamente la capacidad de respuesta médica ante otras emergencias sanitarias.
Asimismo, el impacto financiero que la enfermedad inflige a las familias, aunado al ausentismo escolar y la pérdida de fuerza laboral, perpetúa los ciclos de pobreza. Las victorias locales, como la inminente certificación de erradicación en México, demuestran que la voluntad política y el rigor epidemiológico rinden frutos, pero estas conquistas permanecerán frágiles si la comunidad internacional permite que la apatía financiera debilite las redes globales de prevención. Continuar invirtiendo en el control del paludismo forma parte de una estrategia integral para garantizar el desarrollo económico, el bienestar educativo y la resiliencia sanitaria a nivel mundial.
Fuentes
Secretaría de Salud. (2026, agosto 4).
208. México avanza hacia la eliminación del paludismo.
Secretaría de Salud | Dirección General de Epidemiología. (2026, julio 31).
Informe Quincenal de Vigilancia Epidemiológica de Paludismo 2026 | Semana epidemiológica 29 de 2026.
Diario Oficial de la Federación. (2026, agosto 3).
ACUERDO por el que se establece la meta nacional de eliminación y prevención de restablecimiento de la transmisión del paludismo autóctono y los criterios a cumplir por las entidades federativas para su certificación.
Blanco, P. (2026, julio 1).
Daniel Ngamije, jefe de malaria de la OMS: “El impacto global de la enfermedad sigue siendo enorme”. EL PAÍS.
Correa, J. (2026, agosto 3).
México fija requisitos para certificar la ausencia de transmisión autóctona de paludismo. ConsultorSalud.


