Ayer 3 de diciembre celebramos el Día Internacional del Médico, nombre que, para ser inclusivos, rebautizamos como Día Internacional de las Médicas y los Médicos, efeméride que curiosamente difiere en el almanaque de la que dedicamos en nuestro país a los profesionales de la salud, que es el 23 de octubre.
La fecha del 3 de diciembre fue acordada en 1946 por la Confederación Médica Panamericana para conmemorar el descubrimiento del Aedes Aegipty como transmisor de la Fiebre Amarilla, realizado por el infectólogo cubano Carlos J. Finlay (3 de diciembre de 1833, Camagüey, Cuba – 20 de agosto de 1915, La Habana, Cuba), en cuyo honor se bautizó el Instituto Finlay de Investigaciones en Medicina Tropical de la República de Cuba.
Por nuestra parte, el 23 de octubre se eligió en 1937 durante la Convención de Sindicatos Médicos Confederados de la República, como reconocimiento a la labor de los médicos, y a la inauguración del Establecimiento de Ciencias Médicas en 1833, precursor de la actual Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
Sin embargo, y más allá de hacerles notar esta peculiar diferencia en las fechas de celebración a nivel internacional y nacional, dedicadas a las y los profesionales de la salud, consideramos oportuno reconocer por partida doble el enorme valor que aportan a la sociedad doctoras y doctores, que nos ayudan a conservar la salud, o recuperarla, ayudándonos a incrementar nuestra calidad y esperanza de vida.
Versión actualizada del juramento hipocrático, o promesa del médico, conocida actualmente como la “Declaración de Ginebra”, adoptada por la Asociación Médica Mundial (AMM)
COMO MIEMBRO DE LA PROFESIÓN MÉDICA, PROMETO SOLEMNEMENTE:
- DEDICAR mi vida al servicio de la humanidad;
- VELAR ante todo por la salud y el bienestar de mis pacientes;
- RESPETAR la autonomía y la dignidad de mis pacientes;
- VELAR con el máximo respeto por la vida humana;
- NO PERMITIR que consideraciones de edad, enfermedad o incapacidad, credo, origen étnico, sexo, nacionalidad, afiliación política, raza, orientación sexual, clase social o cualquier otro factor se interpongan entre mis deberes y mis pacientes;
- GUARDAR Y RESPETAR los secretos que se me hayan confiado, incluso después del fallecimiento de mis pacientes;
- EJERCER mi profesión con conciencia y dignidad, conforme a la buena práctica médica;
- PROMOVER el honor y las nobles tradiciones de la profesión médica;
- OTORGAR a mis maestros, colegas y estudiantes el respeto y la gratitud que merecen;
- COMPARTIR mis conocimientos médicos en beneficio del paciente y del avance de la salud;
- CUIDAR de mi propia salud, bienestar y capacidades para prestar una atención médica del más alto nivel;
- NO EMPLEAR mis conocimientos médicos para violar los derechos humanos y las libertades ciudadanas, ni siquiera bajo amenaza;
- HAGO ESTA PROMESA solemne y libremente, empeñando mi palabra de honor.
Va nuestro reconocimiento y, por supuesto, nuestra gratitud a quienes dedican su vida profesional, muchas veces sacrificando la personal, a esta noble actividad.


